Día 3: unas horitas en San Sebastián
El lunes día 13 intentamos levantarnos tempranito para poder coger el Eurkotren que nos llevara a Donostia a las 9 de la mañana (con llegada a las 11:30h aproximadamente), pero debido al cansancio que arrastrábamos de los dos días anteriores nos levantamos algo más tarde de lo esperado, así que desayunamos deprisa y corriendo y bajamos como una exhalación a través de la calle San Francisco hasta llegar a la estación de Atxuri, en principio a tiempo para el tren de las 9. Cuál fue nuestra sorpresa cuando nos dijeron que, por obras en las vías, el tren salía de la estación de Ariz, y que había que coger el Metro para llegar hasta allí ¡Maldición! Pero el “disgusto” inicial se fue calmando con el hecho de que al comprar el billete de tren nos regalaran el de Metro y que, además, todo estuviera muy bien explicado: cómo llegar, desde qué andén salía el Euskotren, etc. En ese sentido vi muy buena organización (otro punto a favor de los vascos).
El tren salió a las 10 aproximadamente, lo peor es que se trataba de algo similar a un convoy de metro, por lo cual para un trayecto de dos horas y media resultó bastante incómodo, además de que pasé bastante frío. El principio del camino fue bastante bonito: paisaje nevado, y después lluvia.

La playa de La Concha
Una vez en San Sebastián, tratamos de localizar algún puesto de información en la misma estación, pero nos dijeron que allí no tenían mapas y que teníamos que caminar unos veinte minutos para llegar a un sitio de información (maaaaal…). Traté de memorizar el camino (algo prácticamente para una desmemoriada como yo) y luego me dije que habría que confiar en que hubiera algún tipo de cartel que indicara cómo llegar. La verdad es que el camino fue fácil… Tras tomar un cafecito para entrar en calor, enfilamos la calle Easo (alias “La bella Easo”) hasta llegar a la playa de La Concha. Y, a ver… en mi humilde opinión, sinceramente, no me impacta demasiado esta playa ni entiendo por qué tiene tanta fama; y no lo digo de ahora: cuando estuve en Donosti a los veintipico años tampoco me emocionó demasiado. No sé, es que suelo vivir en un mundo paralelo, jajaja.
El día parecía haberse arreglado y nos acompañaba, así que tras hacer varias fotos a la playa y a los monumentos de alrededor, como el ayuntamiento o un viajo carrusel que hay en el parque de Alderdi-Eder, seguimos los cartelitos que nos indicaban cómo llegar a la oficina de información, en donde nos dieron un mapa y un librito que nos explicaba los sitios típicos de la ciudad.

El carrusel con el ayuntamiento detrás

Detalle de la Iglesia de Sta María
Ya con un mapa en nuestras manos, nos adentramos en la parte vieja a través de la calle San Juan, vimos la iglesia de San Vicente y el Museo de San Telmo en la plaza de Zuloaga, nos asomamos al Paseo Nuevo, y volvimos hacia atrás, esta vez por la calle 31 de agosto, en donde vimos la iglesia de Santa María. La fachada de ésta me gustó bastante, y mientras la fotografiaba, de pronto un viejecillo que justamente salía de una tasca cercana nos empezó a hablar y a preguntar de dónde éramos. Además, se ve que le gustó mi compañera de viaje, porque no paraba de hablarle a ella, ignorándome a mí, jajaja. Quiso hacernos una foto… “Subíos a las escaleras para que salga la Iglesia”, nos dijo, y para nuestra sorpresa cuando vimos la foto resultante, lo que fotografió fue precisamente a nosotras subidas en lo alto de las escaleras, y un poquito del pórtico… Pero preferimos disimular y continuar con nuestro paseo.
En la calle Mayor aprovechamos para comprar algunas postales, sellos y algún souvenir de recuerdo. Después, optamos por comer algo en el McDonalds aprovechando que, gracias al librillo de Donostia, nos regalaban un helado (wow!). Además, es tradición probar el Mc o BK de aquella ciudad a la que vamos, española o extranjera.

Palacio de Congresos
Tras reponer fuerzas, fuimos al Puente de Zurriola, desde donde se veía el Palacio de Congresos Kursaal y el Río Urumea, y en donde una señora se empeñó en hacernos una fotillo, alegando que en verano mucha gente le pedía que les hiciera fotos. Muy agradable la mujer, pero la foto salió algo borrosa (lo que cuenta es la intención, todo sea dicho).
Nuestra siguiente parada fue la Plaza Guipuzcoa, y bajando por la calle Churruca primero y Loiola después, llegamos hasta la catedral Buen Pastor, que me recordó un poco a la catedral de Colonia, supongo que por el tipo de arte Gótico.


Puente María Cristina
Nuestro siguiente destino fue el puente de María Cristina, que cruzamos para poder ver el edificio de Tabacalera (no merece mucho la pena, la verdad, no me llamó en nada la atención). Lo siguiente fue bajar por la calle San Bartolomé hasta llegar de nuevo a La Concha, y rodear toda la playa para poder ver El peine del viento, una escultura de Chillida. Tardamos aproximadamente media hora en llegar, con bastante viento y algo de lluvia. La cámara me empezó a fallar, o mejor dicho: la batería (es que está muy viejecita) y no pude hacer muchas fotografías…

El peine del viento
De la escultura leímos que, al parecer, está dispuesta de tal modo que el aire entra a través de ella y llega peinado a la ciudad. Bueno… es bastante poético, pero no me lo creí demasiado…
Tras la caminata de ida y vuelta a través de La Concha, decidimos que era hora de volver al Euskotren para no llegar muy tarde a Bilbao. Así que cogimos el tren de las 18:47, que nos dejó en la estación de Ariz a las 21:15h.
Para la cena no hizo falta ponernos de acuerdo: ¡más pintxos en el bar de Concha!

Yupiiiiii
Día 4: últimas horas en Bilbao
El avión salía por la tarde, así que tuvimos tiempo de aprovechar nuestras últimas horas en Bilbao. El día amaneció nublado y amenazaba con lluvia, por fortuna nos respetó en las primeras horas (hasta que volvimos al hotel más tarde) Fuimos hasta la Plaza Moyua a coger el Metro, en dirección a la estación de Areeta-Las Arenas, en Getxo. Allí está el puente Bizkaia, un puente transbordados construido en el siglo XIX cuyo fin era unir las dos desembocaduras del Río Nervión sin entorpecer a la navegación. Se puede cruzar en él como persona física o con algún tipo de vehículo, y los precios me parecieron muy asequibles, a excepción de la opción de subir al mirador, que costaba como 5€ y me resultó caro para lo que parecía ser.



Funicular de Artxanda
Nuestro siguiente destino fue Artxanda, en concreto el funicular que sube hasta lo alto de la montaña. El billete costaba 0,90€, lo cual me pareció bastante asequible, y la verdad es que merece la pena subir, primero por la originalidad del transporte (aunque ya sé que en muchas ciudades hay funiculares por el estilo) y segundo por las vistas de la ciudad.

Me sentí pequeñita
No disponíamos de mucho más tiempo, así que hicimos la última parada para despedirnos de Concha y de sus pintxos y fuimos al hotel a buscar nuestros macutos. A la salida fue cuando nos cayó una buena tromba de agua que nos dejó bastante caladas (por fortuna, no pillé ningún resfriado, raro en mí, sobre todo teniendo en cuenta que no pude ponerme ropa seca hasta que llegué a casa). Fuimos hasta la Plaza Moyua a coger el Bilbobus que nos conduciría al aeropuerto, el cual, por cierto, es bastante pequeñito. Se me había olvidado decir que volábamos con Air Berlin y que fueron bastante puntuales tanto a la ida como a la vuelta.
Cuando despegamos y empezamos a alejarnos de la ciudad comencé a sentir esa extraña melancolía por los días que has vivido, lo bien que lo has pasado y el recuerdo que te llevas tanto de la ciudad como de sus habitantes. Pienso que, por fortuna, el cariño que le guardo a Bilbao no solo no ha cambiado sino que ha crecido. Ya se sabe que volver ya siendo adultx a una ciudad que ha sido importante para ti de pequeñx es un riesgo: te puede defraudar o te puedes volver a enamorar; y yo, sin duda, volví a quedarme prendada de Bilbao. Y no porque sea una ciudad preciosa, sino porque tiene algo que me engancha (y no es solo la comida, jajaja).

Agur!!